Pages Navigation Menu

Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Un triunfo que no engaña a nadie



Aduriz acertó en dos ocasiones desde el punto de penalti para manter vivo al equipo. Foto AC

Hay mejillones en las bateas de la ría de Vigo con más creatividad y dinamismo que el que tuvo el Athletic durante todo el primer tiempo contra el Hertha. Hacía mucho tiempo que San Mamés no asistía a una exhibición tan lamentable de su equipo con tanto en juego como había sobre el terreno. Hemos visto truños importantes en partidos de Liga, en los que la menor trascendencia de los puntos por aquello de la extensión de la competición y el margen para corregir fallos, favorecen la condescendencia. Pero la visita de los alemanes era una final que había que ganar sí o sí; un partido sin retorno posible, noventa minutos a todo o nada. Pues los rojiblancos tiraron por el sumidero más de la mitad de ese tiempo en una actuación que acabó provocando la pitada de una grada harta y decepcionada a partes iguales.

El marcador final y el match ball salvado, no deben llevar a engaño a nadie; no desde luego a una afición que las ha visto de todos los colores y que le pide al equipo algo más que entrega, trabajo y espíritu de supervivencia cuando lo tiene casi todo perdido. Esas virtudes han acompañado siempre al Athletic y le han sacado de más de un atolladero como el de ayer.  Al Athletic la entrega  se le supone, como antiguamente en la mili a los soldados  se les suponía el valor. Pero la historia del Athletic no es gloriosa porque se haya comportado siempre con el arrojo de la caballería polaca ante los panzers de Hitler. A ese arrojo, los futbolistas que han vestido de rojo y blanco le han añadido siempre clase, criterio, imaginación… fútbol en suma.

El partido contra el Hertha fue la versión corregida y aumentada de lo que ocurrió cuatro días antes frente al Villarreal. De nuevo Ziganda tuvo que rectificar tras el descanso con un doble cambio que transformó al equipo. Después de lo del Villarreal me quedó la duda sobre si la capacidad de rectificación del técnico invitaba a la admiración o a la preocupación. Porque el hecho de rectificar lleva implícita la existencia de un error previo. Y el error, en este caso, se repite como el ajo, con una contumacia que da qué pensar.

De nuevo el equipo de partió por el eje; mejor dicho, ya salió partido desde el comienzo. La apuesta por la pareja San José-Rico fue una ocurrencia condenada al fracaso que pone bajo sospecha a Ziganda, muy dado a formar combinaciones de zapadores en esa zona del campo, más capacitados para la destrucción que para la creación. Da la impresión de que al técnico le preocupa más asegurar la parte de atrás del equipo que aportar valor añadido a sus hombres de vanguardia. El Athletic se comportó primero como un equipo miedoso, y después como un grupo caótico, sin más plan que correr de aquí para allá, sin sentido ni objetivo.

Herrerín estaba siendo el héroe, con tres intervenciones decisivas para los doce minutos, pero no pudo con la cuarta aproximación de los alemanes por el pasillo que se les abría por el flanco derecho de la zaga del Athletic. El gol del Hertha fue asumido como la consecuencia lógica de lo que estaba pasando. Lo ilógico fue que el Athletic se encontrara con una ocasión nada menos que del calibre de un penalti. Parecía imposible que los rojiblancos se acercaran siquiera al área contraria, con los dos medios centros dando pases horizontales o a sus defensas y todo el frente de ataque viendo la pelota a cuarenta metros. Pero de pronto Lekue envió un balón al corazón del área, Williams, de espaldas a la portería, intentó girarse, y en el movimiento cayó abrazado a un defensa. Aduriz estableció un empate sencillamente increíble.

Tardaron un minuto los alemanes en restablecer el orden. Un pelotazo de su portero, Laporte que se come la peinada de Lázaro, y el centro de éste cabeceado a placer por Selke, a la espalda de Etxeita y por delante de Lekue, puso un marcador más ajustado a la realidad.

Tras el descanso Susaeta e Iturraspe ocuparon los lugares de Aketxe y San José, el Hertha dio un paso atrás y en el Athletic sonó el cornetín ordenando el ataque, justo cuando ya se estaban afinando las trompetas del apocalipsis. Otro penalti inocente le dio a Aduriz la oportunidad de sellar un nuevo empate y, a partir de ahí, San Mamés interpretó el guión habitual en estos casos.

Lo que menos esperaban unos tipos tan cartesianos como los alemanes, era semejante transformación. El grupo de encebollados que hasta entonces habían tenido enfrente, se convirtió en una manada de leones hambrientos azuzados por una grada que pasó de mirar cómo cantaban los forasteros, a animar a los suyos con entusiasmo. Raúl García salió al campo justo a tiempo para protagonizar la picardía de la noche. El árbitro señaló una falta a favor del Athletic en el área de Herrerín. Todavía resonaba el silbato cuando la pelota le cayó a Raúl García a diez metros de donde estaba señalando el colegiado. Raúl sacó rápido para Susaeta, éste avanzó unos metros para servir a Williams, el delantero abrió para la galopada de un Balenziaga incombustible y el centro del lateral lo recogió Iñaki en el área pequeña para marcar el gol definitivo, culminando así un contrataque magnífico.

Todavía pudo empatar el Hertha en el tiempo de prolongación, pero a Leckie, completamente solo ante Herrerín, le salió una volea blanda a las manos del portero. El Athletic acababa de conseguir una de esas victorias que en los frontones han hecho perder caseríos. Pero el triunfo no desató ningún entusiasmo, ni en el grada ni en el césped. Todos eran conscientes de que ese camino no lleva a ninguna parte; que victorias así no engañan ni al forofo más incondicional.

 

Share This: