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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Un derbi gélido



Susaeta volvió a ser de los más activos aunque no estuvo tan afortunado como en anteriores partidos Foto AC

Susaeta volvió a ser de los más activos aunque no estuvo tan afortunado como en anteriores partidos Foto AC

Esto ya no es lo que era. Lo que un buen día alguien muy bien intencionado calificó como la gran fiesta del fútbol vasco es ahora mismo un partido del montón, uno más en la interminable lista que el aficionado se mete entre pecho y espalda, en la grada o en el sofá de casa, a lo largo de la temporada. Sería por lo temprano de la hora o por la escasa presencia de aficionados visitantes, pero lo cierto es que San Mamés fue una nevera húmeda, en la que el personal sobrevivió al aburrimiento sin sacar las manos de los bolsillos. Con otra temperatura, la siesta hubiera sido de las de pijama y orinal; la emoción que transmitían los protagonistas desde el césped era la misma que suelen procurar esas películas que las televisiones compran a peso para rellenar las sobremesas del fin de semana.

No estamos a lo que estamos y pasa lo que pasa, diría el castizo. A lo largo de la semana en Bilbao se ha hablado más de Kepa que del derbi. A las cuatro de la tarde en el metro, en los bares de Pozas y en las tribunas de San Mamés se seguía hablando de Kepa, en este caso de su ausencia por lesión, anunciada a última hora. En otras circunstancias, o con otra política de comunicación desde el club, la fiel infantería rojiblanca hubiera asumido resignada la noticia como una incidencia desgraciada. Con la que está cayendo con este asunto y con Marca como único responsable de comunicación, el personal se lanzó de cabeza a la sospecha cuando no a la maledicencia. Hubiera tenido que salir el propio Kepa al centro del campo en silla de ruedas y con las dos piernas escayoladas hasta la cintura para convencer a los amantes de las teorías de la conspiración de que su ausencia obedecía, única y exclusivamente, a una lesión.

No se había hablado del derbi en Bilbao, pero tampoco en Donosti estuvieron muy concentrados en el partido, entretenidos como estaban buscando una explicación a la caída en picado de un equipo que prometió tanto hace un par de meses. El resultado fue la nada absoluta, un vacío de noventa tediosos minutos.

Nadie exige fútbol en un derbi, porque casi nunca lo hay. El lugar del fútbol lo solían ocupar la pasión, la emoción, la rivalidad y las ganas de ganar al vecino. En San Mamés no hubo ni fútbol ni pasión; puede que hubiera rivalidad, pero si la hubo los futbolistas la disimularon muy bien. Parece que el derbi vasco por excelencia también ha sucumbido a estos tiempos de fútbol desnatado, pasteurizado y envasado al vacío. Los que llevamos unos trienios en esto echamos en falta el viejo San Mamés y el viejo Atocha, la rivalidad en el campo y en la grada, el grito común y acompasado ¡Athletic, Real!, el pareado improvisado para zaherir al vecino y alguna enganchada sobre el césped. En lugar de todo eso, ayer en San Mamés asistimos a un revival de grandes éxitos que ya se cantaban en el campo del Galatasaray cuando Atatürk estaba en el mili. A esto hemos llegado.

Mientras tanto, en el campo, el Athletic y la Real resumieron al detalle sus tristes vidas paralelas. El equipo de Ziganda volvió a irse por el sumidero de un centro del campo penoso, donde los desplazamientos de San José siguen recordando el recorrido del tranvía. Mikel Rico volvió a multiplicarse pero eso no puede ser suficiente para generar juego, eso que llamamos fútbol. Sus colegas de la Real, especialmente Xabi Prieto y Zurutuza, sí que trataron de jugar. Ellos al menos se la dan casi siempre a uno que viste igual, pero también lo hacen en zonas del campo donde tampoco encuentran oposición. En cuanto se asomaban al área de Herrerín se les apagaba la luz y lo que veinte metros más atrás era un pase al pie, se convertía en una pedrada a la grada o al banderín de corner. Al Athletic prácticamente la bastó con el triángulo formado por Núñez, Laporte y Rico, para desbaratar los intentos realistas.

En el otro lado Martínez y Llorente también pudieron casi siempre con un Aduriz víctima del fuego amigo que le llegaba en forma de pelotazos. Lo intentaba Susaeta arrancando desde la banda para tratar de enredar entre líneas, y corría en el otro lado De Marcos, pero ni Odriozola ni De la Bella pasaron mayores apuros.

Siendo generosos podríamos conceder que los dos equipos fueron fieles al guión que anunciaron sus entrenadores. La Real dispuso del balón y el Athletic trató de robárselo cerca de su portería. Pero ni los unos supieron qué hacer con el esférico en la zona del terreno donde se deciden los partidos, ni los otros acertaron con el juego directo que pretendían. El partido transcurrió durante más tiempo como le gusta a la Real, pero todo su rédito fue una volea de Xabi Prieto, tras saque de falta de Illarramendi, despejada por Herrerín y dos disparos que se fueron desviados del propio Illarra y de Oyarzabal en el primer tiempo. Muy poca cosa.

El Athletic dominó con claridad el primer cuarto de hora de la segunda parte, cuando metió una velocidad más a su juego premioso. Rulli desvió una volea sorprendente de Raúl García tras un saque de banda, De la Bella le robó la pelota a De Marcos cuando se dirigía como un avión hacia la portería contraria y Aduriz cabeceó desviado un corner. Nada como para tirar cohetes, desde luego.

Lo peor para el aficionado rojiblanco fue comprobar la incapacidad de su equipo para generar algo en la media hora final, la sensación de que estaba dando el empate por bueno y la pérdida constante en las disputas y en los duelos individuales, como si los futbolistas del Athletic dispusieran de menos reservas físicas en el tramo final. La lesión de Balenziaga quizá privó a Ziganda de la posibilidad de hacer un cambio que tal vez tenía en mente: la entrada de Beñat en los últimos minutos. Ni Williams, que dispuso de 25 minutos, ni Córdoba, que jugó en el tramo final, consiguieron alterar el encefalograma plano del equipo.

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