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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Un estreno apoteósico



La fe y la picardía de Aduriz le dieron la vuelta al marcador. Foto AC

La fe y la picardía de Aduriz le dieron la vuelta al marcador. Foto AC

El Athletic ya está en el bombo que reune a los treinta y dos mejores equipos de Europa. Jugando con Iker, con Unai, con Markel, con Ibai, con Gorka, con Mikel, con Aritz… y arropado por cincuenta mil corazones palpitando al unísono en esta nueva catedral a la que se ha trasladado el espíritu del viejo campo multiplicado por cien. ¡Qué espectáculo el del estreno del nuevo campo acabado y con toda la parroquia acomodada en su sitio! Fue un estreno para no olvidar, una ópera prima magnífica, con un argumento potente, unos intérpretes que dieron el do de pecho y un final apotéosico. La marcha triunfal de Aida tuvo ante el Nápoles la resonancia propia de los más grandes eventos.

El Athletic culmina su excelente pasada temporada, supera la incertidumbre que vivió hasta conocer el nombre del rival, remata su excelente trabajo en Italia con una exhibición de casta, de corazón y de fútbol durante muchos minutos. Ahora sí, ahora el Athletic está en la Champions League de pleno derecho; está en el grupo de los más grandes, en el Gotha del fútbol, codeándose con la aristocracia, con los más poderosos, con los más ricos… con los que han convertido este maravilloso deporte en un negocio puro y duro. Les viene bien que el Athletic esté entre ellos, porque el Athletic es a día de hoy el único equipo que todavía guarda las esencias de este juego, el que demuestra que con fe en las propias fuerzas, con la confianza ciega en una idea y con el convencimiento de que es posible competir con lo propio se puede llegar a lo más alto. Hoy en día para la inmensa mayoría de los equipos participar en la Champions League es lo máximo a lo que pueden aspirar. El Athletic ya está ahí, en la cota más alta.

La nueva catedral vivió un estreno inolvidable. Desde Licenciado Poza una muchedumbre rojiblanca, la más numerosa de la historia, se dirigía al campo entre curiosa por verlo por fin acabado e ilusionada por vivir en directo la primera noche memorable de su nueva casa. La muchedumbre y los jugadores del Athletic escucharon primero con recogimiento el himno de la Champions. Se había hablado tanto del asunto que los primeros minutos tuvieron un toque casi místico. Luego, ya metidos en harina cuando el árbitro ordenó el inicio del partido, el gentío tuvo ocasión de comprobar que el nuevo campo suena con la fuerza de un huracán.

Al Athletic le tocó picar piedra durante toda la primera mitad. Valverde repitió el equipo de San Paolo mientras que Benítez introdujo dos cambios, Ghoulam por Britos en la defensa y, el más significativo, la entrada como titular de Mertens, el hombre que revolucionó desde el banquillo el partido de ida, en el lugar de Insigne, el jugador llamado a liderar a este equipo.

El partido se desarrollo de una manera un tanto contradictoria. Durante muchos minutos de la primera parte dio la impresión de que al Athletic le faltaba oficio y le sobraba responsabilidad. Con la eliminatoria a favor mientras no hubiera goles, los rojiblancos tuvieron prisa por jugar, por sacar de banda, por forzar la situación, todo lo contrario que el Nápoles, más calculador, como el boxeador que se protege en las cuerdas con la guardia alta y la zurda amartillada para asestar un golpe definitivo en el momento menos pensado.

Algunos arreones de Muniain desde la izquierda compensaban a duras penas las imprecisiones de Rico y las dudas de Iturraspe. De Marcos ensayaba alguna cabalgada por su banda y Beñat trataba de poner criterio, pero al Athletic le faltaba poso, calma para manejar el balón y el tiempo del partido. A pesar de todo, los rojiblancos consiguieron que el Nápoles no pasara de la apariencia de equipo peligroso. Es verdad que cuando Higuain o Hamsik manejaban el balón o dibujaban un desmarque, San Mamés contenía la respiración, pero a la hora de la verdad no cobraron un solo remate entre los tres palos.

El mazazo tan temido, el directo al mentón, llegó a los dos minutos de la continuación. Hamsik disparó raso desde fuera del área y el balón se coló pegado al poste izquierdo de Iraizoz. No era justo que el Nápoles cobrara ventaja en el marcador y que anulara de paso la que había conseguido el Athletic en la ida. Por un momento pareció que el equipo de Benítez se iba a salir con la suya sin merecerlo en absoluto. Que la ley de fútbol se iba a imponer con toda su crudeza. Que las ocasiones que se les fueron al limbo a Gurpegui y a Laporte en el primer tiempo serían solo recuerdos para lamentar la mala suerte. Fue un cuarto de hora que se hizo largo en San Mamés, quince minutos de sufrimiento y decepción.

Valverde repitió la maniobra de Málaga: retiró a Beñat para dar entrada a Ibai en la banda y centrar a Muniain. No hubo apenas tiempo para comprobar la eficacia del cambio. Dos minutos después, un corner con movimiento ensayado dejó el balón a los pies de Aduriz en al área pequeña. El zorro no falló y su gol fue la espoleta que provocó la explosión de San Mamés.

Todavía el Nápoles quiso responder con oficio al contratiempo, pero ya está dicho que el partido fue un tanto contradictorio. Un pelotazo largo desde el lateral derecho, un despeje a lo que salga, fue perseguido por Aduriz con una fe y un corazón inconmensurables después de más de una hora de fútbol con un calor poco habitual. Su carrera provocó un mal entendimiento entre Albiol y el portero Rafael, y un segundo gol que puso el campo definitivamente patas arriba. Ahí murió un Nápoles que perdió hasta su identidad italiana. No es normal que un equipo del calcio, entrenado además por un estratega como Benítez, reciba un gol en un corner y un segundo en un fallo defensivo. El tercero fue de traca. Para entonces Valverde ya se había puesto el mundo por montera dando entrada a un chaval de dieciocho años, Unai López, en el sitio de un Susaeta que estuvo más espeso que de costumbre pero tan trabajador como siempre. Fue Unai quien dio un pase sutil al agujero abierto en la defensa para que Ibai cerrara el marcador gracias a que Aduriz anduvo listo, sabedor de que se encontraba en fuera de juego.

Ni en el mejor de los sueños del más optimista de los rojiblancos se hubiera producido un final así, un cuarto de hora postrero con dos goles de ventaja. El aficionado medio soñaba con doblegar al Nápoles sufriendo hasta el último segundo. Sin embargo, el Athletic le ofreció un final apoteósico, con gente agigantada como Rico o Iturraspe, con un Aduriz que tomó cumplida revancha a un Koulibaly que pareció un central insuperable ni por arriba ni por abajo, con un Unai López que tuvo un debut soñado y viene, uno más, a reivindicar el valor de Lezama.

El Athletic entra en la Champions League por la puerta grande, superando con claridad y merecimiento a un Nápoles que acabó pareciendo un equipo mediocre. No lo es. Fueron los leones los que cuando daba la impresión de que todo había acabado, bajaron a los italianos de su pedestal a base de fútbol, coraje y ambición. El primer gran reto del curso está superado con brillantez. Y seguro que no será el último que supere este equipo. Este Athletic tiene mucho talento y mucha hambre de triunfo. Y juega en un campo que ya está escribiendo su propia leyenda.

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