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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Un soberano ridículo



Córdoba fue sustituido en el descanso a pesar de ser de los pocos que aportaron algo en la primera parte. Foto AC

La necesidad de vender de los medios de comunicación, un discurso oficial forzadamente optimista, la proverbial buena voluntad del aficionado y el excelente partido del Athletic en Villarreal, generaron en el entorno rojiblanco la ficción de que el equipo podía aspirar todavía a uno de los puestos que llevan a Europa el año que viene. Ya sabemos cómo es el fútbol, cómo es la prensa deportiva y cómo son los aficionados, capaces unos y otros de pasar del negro al blanco en cuestión de horas. Lo que no se entiende es que a estas alturas no sepamos cómo es el Athletic de esta temporada. Por ahí falla la ecuación. En las horas previa a la visita del Depor, los medios, Ziganda y los jugadores seguían vendiendo la moto de Europa al calor de lo de Villarreal, y el aficionado compraba esa moto aunque cualquier cliente ajeno veía que le faltaban el manillar y una rueda y el motor hacía un ruido más que sospechoso. Para que el marketing resultara creíble se daba por descontado que el Athletic iba a sumar los tres puntos ante un rival que llegaba a la catedral en artículo mortis, a la espera de que los rojiblancos le administraran la extremaunción.

La ensoñación de Europa debió nublar la vista a todo el mundo. A los jugadores, desde luego. La forma en la que comparecieron en el partido no es de recibo; se presentaron como recién levantados de la siesta, bostezando y desperezándose como si se tratara de un entrenamiento rutinario. La afición despertó del sueño de Europa de una manera abrupta: los dos sopapos que les atizó Adrián en el primer cuarto de hora, le sacaron de la fantasía y le devolvieron a la abrupta realidad de esta temporada insufrible; de los sueños de color de rosa a la negra verdad de un año que se está haciendo eterno. Y, claro, cuando tienes tan mal despertar, se te agría el carácter y empiezas a ver las cosas de otra manera que, en el caso que nos ocupa, eran más o menos como siempre.

El Depor abrió el marcador en el primer corner del partido. Schar devolvió de cabeza al corazón del área pequeña el saque de esquina y Adrián fue el más listo para llevar la pelota a la red. Con la defensa en Babia todo fue más fácil. Hubo otro acercamiento peligroso al área de Kepa antes de que, de nuevo Adrián se volviera a aprovechar de la inocencia de los defensores rojiblancos. De Marcos se dejó ganar la espalda y Etxeita marcó con la mirada al goleador. Puestos a hacer el membrillo, mejor hacerlo con todas la consecuencias.

San Mamés ya echaba humo para entonces. La afición, a la que le habían vendido el discurso de la ilusión, se encontraba de bruces con su equipo dos goles por debajo y, lo que es mucho peor, dando la sensación de que le podían caer algunos más. El repaso que le dio el Depor al Athletic fue de los que ponen colorado al más caradura.

Ziganda apostó por los mismos de Villarreal con los cambios obligados de Núñez e Iturraspe. Aunque en estos casos los ausentes siempre suelen ser los mejores del equipo, no hay más remedio que sospechar que en los dos goles algo tuvo que ver que el Athletic no contara con la contundencia de su joven central. Lo que más que sospecha es certeza, es que la ausencia de Iturraspe o, peor, la presencia de Beñat, fue letal para el equipo. Partidos como el del sábado son de los que retratan a algunos de sus protagonistas y al centrocampista de Igorre le hicieron al foto de frente y de perfil. En otro equipo estaría ya en el mercado y a precio rebajado, pero esto es el Athletic y habrá que analizar con más paciencia y detenimiento qué pasa con este jugador. No faltan profesionales en el Athletic para hacer un diagnóstico.

Beñat arrastró en su caída a un San José que volvió a parecerse más a un tranvía que a un jugador de fútbol. Con el centro del campo devastado, Williams se quedó de espectador en el eje del ataque, donde solo Córdoba tenía la valentía de intentar la jugada individual o la visión de tratar de contactar con las incorporaciones de De Marcos, muy flojo en defensa pero voluntarioso siempre.

Tras el susto en el último suspiro del primer tiempo, cuando Iñigo Martínez evitó el gol de Lucas después de que el árbitro no viera la mano de Kepa en su desesperada salida fuera del área, la bronca batió el récord de decibelios del año cuando los equipos enfilaron el camino al vestuario. Y es que la afición del Athletic está siempre dispuesta a comprar cualquier moto que le quieran vender, incluso una tan averiada como ésta, pero lo que no soporta es que le tomen el pelo y le hagan pasar vergüenza.

El Depor, que ni marcaba ni ganaba fuera de casa más o menos desde los tiempos del Prestige, había ridiculizado de tal manera al Athletic, que se imponía un cambio drástico en el intermedio. La lesión de Etxeita obligó a Ziganda a dar entrada a Yeray. El otro cambio fue el de Aduriz por Córdoba. ¿Por qué fue Córdoba el elegido cuando había sido de los pocos que intentaron algo en el primer tiempo? Buena pregunta.

Con Aduriz en el campo, Williams volvió a la banda y a los dos minutos de la reanudación Raúl García cabeceó a la red para abrir un portillo a la esperanza. Dentro de la catástrofe, acortar distancias con todo el segundo tiempo por delante era la situación ideal. Por un momento pareció que al Depor le temblaban las piernas y durante los seis minutos siguientes por San Mamés sobrevoló la ilusión de que el Athletic podía dar la vuelta al partido. Había más decisión en los rojiblancos, por fin ganaban algunas disputas, y se apreciaba una fluidez en el manejo del balón que no se vio en todo el primer tiempo. Seis minutos duró el espejismo. Beñat culminó con un pase absurdo una buena combinación de tres o cuatro rojiblancos, y la pérdida del balón provocó el tercer gol de los gallegos. Esta vez Balenziaga fue el encargado de marcar con una mirada muy atenta al goleador Borja Valle.

La última media hora, ya con Muniain en el campo y gracias a un gol olímpico de Susaeta, fue de un Athletic lanzado al asalto, impulsado por su amor propio y por el tembleque de un Depor al que solo le quedó el recurso de perder el tiempo con un descaro que se justifica por su necesidad de puntos. Pero esa media hora no oculta, ni siquiera alcanza para disimular, lo que ocurrió durante una hora larga en San Mamés.

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