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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Una decisión tan dolorosa como inevitable



Urrutia y Ziganda comparecieron juntos en sala de prensa de Lezama. Foto AC

Consummatum est. Se acabó, aunque todavía quedan dos partidos en los que Ziganda se sentará en el banquillo del Athletic. En realidad se acabó hace tiempo; cada aficionado podrá situar con bastante precisión el momento en el que dio por terminada la carrera de Cuco como entrenador del primer equipo. Pudo ser perfectamente aquella negra noche de la eliminación de la Copa a manos del Formentera, o bien cuando el equipo cayó definitivamente en la Europa League. Muchos le pusieron la cruz al entrenador en cualquiera de los tantos partidos en los que abandonaron San Mamés frustrados a lo largo de esta triste temporada.

Probablemente, también en Ibaigane más de uno puso fecha de caducidad al técnico en cualquiera de estos hitos. Al fin y al cabo, en Ibaigane no habitan marcianos sino aficionados del Athletic que ven lo mismo que los demás, ni más menos; lo que vieron desde su localidad antes y lo que volverán a ver cuando dejen el palco y regresen a su asiento de socios. La diferencia entre ellos, con Urrutia a la cabeza, y el resto de los cuarenta y cinco mil socios,  es que unos tienen que asumir la responsabilidad de dirigir el club; y esa no es poca diferencia.

Los que dirigen el club han considerado que ahora ha llegado el momento de admitir que su apuesta ha resultado fallida. Se les reprocha no haber tomado antes la decisión y hasta se le acusa al presidente de obrar condicionado por su amistad con el entrenador. No sé qué grado de amistad puede haber entre Urrutia y Ziganda. Fueron compañeros de vestuario y es cierto que ese es un lazo muy fuerte, y ahora han convivido siete años, uno en Lezama y el otro en Ibaigane. Pero estoy convencido de que no ha sido la amistad la razón que ha prolongado la estancia de Ziganda en el banquillo. Como no creo que Urrutia y Bielsa fueran lo que se dice amigos del alma y Marcelo acabó su segunda temporada en el Athletic pese a caer en Copa ante un Eibar de Segunda B y acabar el curso mirando la cola de la clasificación por el rabillo del ojo.

Prefiero pensar que también en este caso el Athletic, como club, ha actuado de una manera que le distingue del resto pese a que algunos miembros de la familia rojiblanca hayan empezado a adoptar modos y maneras ajenas. Prefiero suponer que el día del Formentera o del Olympique,  en Ibaigane pensaron que quedaba temporada para remontar y que el equipo podría rehacer su trayectoria con tiempo, confianza y más suerte con las lesiones. Resulta que la apuesta por la paciencia y la confianza ha sido perdedora. Así de sencillo. Hay quien a eso le llama inacción y dejación de responsabilidades; personalmente, prefiero describirlo como coherencia.

La puesta en escena del anuncio del final resume la identidad de este club: el presidente arropando al entrenador cesante en la mesa; los directivos en la primeras filas y toda la plantilla y cuerpo técnico presentes en la sala de prensa. No suele ser precisamente lo habitual. Quizá fue la escenografía la que animó a Ziganda a reivindicar la buena relación que ha habido entre su persona y la plantilla, desmintiendo algunos comentarios surgidos sobre todo a raíz de lo dicho por Mikel Rico y él mismo hace un par de semanas.

He conocido profesionalmente a todos los entrenadores del Athletic desde Senekowitsch, y hace tiempo que estoy convencido de que por encima de mayores o menores conocimientos tácticos y estratégicos, la razón del éxito o el fracaso de un entrenador radica en su conexión con la plantilla, en la reacción química que se produce espontáneamente entre el grupo y el jefe. Y no hablo de amistad ni de buenas relaciones. Me refiero a que el grupo, por las razones que sean, crea o no crea en el mensaje que le transmiten, porque de su fe dependerá la ejecución sobre el terreno de juego. Entrenadores que han triunfado en un equipo, fracasan con estrépito en otros, y al contrario, técnicos de curriculum discreto triunfan donde nadie se lo espera. Cuando el Leicester fichó a Ranieri, Gary Lineker, a quien se le supone conocimiento futbolístico, escribió en twitter con fina ironía inglesa: “Ranieri? Really?”. No en vano el italiano llegaba de un fracaso sonoro con la selección griega. Todos conocemos el final de aquella  historia.

No tengo motivos para dudar de que Ziganda tiene una excelente relación con la plantilla del Athletic, entre otras cosas porque las plantillas del Athletic, por sus propias características, suelen ser grupos agradecidos y relativamente sencillos de llevar en comparación con otros. Pero en la misma medida, estoy convencido de que su mensaje no ha cuajado en el vestuario y que la falta de resultados no ha hecho otra cosa que ahondar la desconfianza. El futbolista es un observador muy atento con un olfato muy fino para detectar debilidades; si lo que ve durante la semana no le convence y el resultado del domingo confirma sus dudas, la ecuación suele ser letal.

El mal paso de Ziganda en el primer equipo no debe empañar su trayectoria en el Athletic. Fue un futbolista especialmente querido por la grada y ha sido un notable entrenador de cantera como lo demuestra la amplia relación de futbolistas que ya están en el primer equipo después de pasar por sus manos en el Bilbao Athletic. Quizá hubiera sido mejor idea preservar a Cuco en Lezama, pero también es comprensible y legítimo que ambicionara entrenar al primer equipo. Había acumulado suficientes méritos. Ocurre que ese es un viaje sin retorno para los que llegan desde la base. Salvo Iribar, que regresó a la estructura del club tras un efímero paso por el primer equipo, los demás no tuvieron más remedio que salir. Koldo Agirre, Txetxu Rojo, o el mismísimo Iñaki Sáez, uno de los padres de Lezama, emprendieron sus propias aventuras lejos del Athletic con mayor o menor fortuna.

El final del contrato de  Ziganda ha sido una decisión tan dolorosa como inevitable. El paso del tiempo ayudará a valorar en su justa medida la influencia que han tenido las circunstancias que le han acompañado. La enfermedad de Yeray, la lesión de largo alcance de Muniain, los percances casi constantes y la falta de continuidad de jugadores importantes como De Marcos, Beñat, San José o Iturraspe, la nueva hoja de calendario que suman Raúl y Aduriz, el culebrón de la renovación de Kepa, la sequía goleadora de Williams en San Mamés o, por qué no admitirlo, y no es ésta una razón baladí, este fútbol moderno que nos está haciendo perder la perspectiva de lo que es el Athletic.

 

 

 

 

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Un comentario

  1. Latxaga, putoamu za!