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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Una victoria al viejo estilo



Iturraspe volvió a ser clave, Muniain acertó y Balenziaga cerró su banda. Foto AC

Iturraspe volvió a ser clave, Muniain acertó y Balenziaga cerró su banda. Foto AC

Tienen que coincidir muchos factores en un partido para que se produzca el resultado que se dio en San Mamés. Que el Barcelona salga derrotado de un campo es tan excepcional como que solo se ha producido en dos ocasiones en lo que llevamos de temporada, una sola en la Liga, la de ayer. Que los culés abandonen un campo sin probar las porterías, con un cero en su marcador, alcanza la condición de fenómeno de la naturaleza del mismo orden zoológico que el ornitorrinco, más o menos. Que un árbitro no expulse a un jugador, cualquiera que sea su camiseta, que derriba a Neymar cuando el brasileño encara con ventaja la portería contraría, entra directamente en la categoría de los prodigios como la levitación o las apariciones marianas. Pues bien todo eso, y mucho más ocurrió ayer en un San Mamés que vivió la primera gran noche de su mínima historia.

Coincidieron todos esos factores que son imprescindibles para derrotar al Barcelona, pero sobre todo, coincidió que el Athletic recuperó una versión que habíamos olvidado. Los rojiblancos retrocedieron tres décadas como mínimo; regresaron a los tiempos de Beti Duñabeitia o incluso más allá y recuperaron su estilo de siempre, ese fútbol desgarrado, de entrega absoluta, sin contemplaciones, que acaba por desarbolar propuestas más ortodoxas. Ocurrió muchas veces a lo largo de cien años en la vieja catedral y ocurrió en la nueva casa de los leones.

Vaya por delante que jugando así se pueden ganar a veces este tipo de partidos, pero la temporada exige bastante más que la entrega incondicional. Pero esa esa otra historia. Lo importante es que el Athletic le ganó al Barcelona veinte partidos después, que se dice pronto, porque en el cómputo general de los noventa minutos lo mereció más.

El equipo blaugrana lleva años resolviendo partidos como el de San Mamés por el artículo 33, al margen de su mejor o peor juego. El de ayer era el típico partido que resuelve Messi con dos goles y se archiva directamente en la carpeta del olvido, sin entrar a recordar ni los errores arbitrales ni los méritos de cada uno. El partido bien pudo tomar ese rumbo tan conocido si Iraizoz no le llega a hacer la parada de la noche a Neymar a los once minutos, o si un minuto después Iniesta le pega como sabe a un balón franco al borde del área.

Tras unos primeros minutos en los que el Athletic paró en seco al Barça en el centro del campo, los hombres de Martino se hicieron con la pelota y pusieron cerco al área rojiblanca. Fueron minutos angustiosos para el Athletic, bloqueado por la presión del rival y limitado a un ejercicio de supervivencia corriendo detrás de un balón que circulaba por las botas del rival con la precisión y la velocidad habituales. Laporte entonces evitó males mayores cruzandose oportuno a un remate de Montoya bien perfilado dentro del área. El partido se desarrollaba según el guión previsto, con un equipo que ejercía su superioridad técnica individual y hacía funcionar la maquinaria colectiva con su conocida armonía.

Al Athletic le costó media hora estirar el cuello y sacar la cabeza para empezar a respirar con cierta tranquilidad. Los leones supieron sufrir en esta fase del partido y hasta llegaron a tener la mejor ocasión del primer tiempo, pero Muniain falló el remate a dos metros de Pinto.

Tal y como se había desarrollado el partido llegar al descanso con el marcador sin estrenar ya era un triunfo para el Athletic. Se trataba de ganar tiempo a la espera de acontecimientos. Quien más quien menos se preguntaba entonces hasta cuándo podrían resistir la piernas y los pulmones de los de Valverde.

Pero la segunda parte llegó con sorpresa. Las piernas que empezaban a flaquear eran las blaugranas, que ya sin frescura no eran tan precisas ni tan rápidas como antes. Busquets se dedicaba más a protestarle al árbitro que a sacar la pelota como lo hacía antes del descanso, Iniesta se perdía en arabescos cada vez más inocuos y Xavi desaparecía hasta acabar siendo sustituido. Los rojiblancos seguían corriendo y llegaban cada vez con más holgura; presionaban y robaban sin ser burlados por un taconazo o un alarde técnico. Y aunque el personal se seguía preguntando, cada vez más incrédulo, hasta cuándo podían seguir los leones con su derroche, los que se iban viniendo abajo a ojos vista eran los de Martino. Es verdad que las cosas pudieron ser muy distintas si el árbitro toma otra decisión en la jugada entre Iturraspe y Neymar, pero, a los amnésicos interesados habría que recordarles el manotazo alevoso que le atizó Adriano a Herrera en un saque de banda en al primera parte. La acción, mucho más evidente que la que le ha costado dos partidos a Aduriz, se saldó con una simple regañina del árbitro al defensor.

Aunque ocurra de ciento en viento, a veces pasa que los árbitros no rinden la esperada pleitesía y ayer fue una de esas rarísimas ocasiones, a lo mejor porque Martínez Munuera es nuevo en la categoria. Pero el Barça no se puede aferrar a esa jugada para justificar su fracaso. El causante de su derrota fue un Athletic que, contra todos los pronósticos, fue a más, haciendo un alarde físico desmesurado. Un robo de Herrera preludió la jugada definitiva. Robó el centrocampista, mucho más activo y participativo que en la primera parte, proyectó a un Susaeta imperial todo el partido y su centro medido acabó en las redes de Pinto impulsado por Muniain después de que Toquero no llegara al remate. Dos rojiblancos en la boca del gol en una jugada de recuperación en el minuto 70 describen lo que estaba siendo el partido entonces.

Y de nuevo todo el mundo erró el cálculo. Lo lógico, lo esperable, era una reacción brutal del Barcelona en busca al menos del empate, en los últimos veinte minutos de partido. Pero pese a los refrescos que salieron desde el banquillo, ocurrió exactamente lo contrario: el Athletic se agigantó espoleado por su ventaja y lejos de conformarse con conservar el resultado consiguió que el partido se jugara muy lejos de su portería. Estuvo más cerca el segundo gol rojiblanco que el empate; de hecho, Iraizoz se mantuvo inédito durante los segundos cuarenta y cinco minutos.

Los de Valverde rozaron la perfección aunque no se puedan ocultar algunos errores y algunas imprecisiones que les obligaron a correr más de la cuenta, si es que eso era posible. Pero cerradas a cal y canto las bandas, y con los dos centrales jugando siempre con la ventaja que les otorgaban los barridos de Iturraspe y Rico, el equipo se sintió siempre muy seguro. No solo consiguieron dejar a cero al Barcelona sino que lograron hacerlo sin pasar demasiados apuros ante un equipo que es la sublimación del fútbol de ataque.

Fue el choque de dos estilos, de dos concepciones del fútbol igual de válidas; a lo mejor fue solo una casualidad, o tal vez hubo un poco de todo y algo más. Pero lo cierto es que el Athletic firmó uno de esos partidos sobre los que ha ido forjando su leyenda. El equipo de Valverde se dio un chute de autoestima y de confianza que tiene que servirle para terminar de enfocar los puestos altos de la tabla.

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