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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Violencia impune



Ayer se cumplieron seis meses de la muerte de Iñigo Cabacas a consecuencia del impacto de una pelota pelota disparada por la Ertzaintza. Medio año después, la investigación apenas ha avanzado. El responsable político de esa muerte, el entonces consejero de Interior, Rodolfo Ares, ya no es el titular de la cartera, pero no porque dimitiese a consecuencia del suceso, sino porque abandonó el cargo público para dedicarse de lleno a la dirección de la campaña electoral de su partido. Esa imagen de impunidad absoluta provoca una sensación de desolación en una ciudadanía que asiste estupefacta a una ceremonia de disimulo, cuando no pura ocultación, en un empeño evidente de tratar de conseguir que el paso del tiempo diluya responsabilidades y difumine la memoria de lo que ocurrió la noche de aquel 9 de abril, cuando miles de seguidores del Athletic celebraban el éxito que acababa de conseguir su equipo eliminando al Schalke 04.

Según una información publicada por el diario El Correo solo tres ertzainas reconocen que dispararon pelotas de goma aquella noche pese a que a los investigadores les consta que se utilizaron al menos diez escopetas. De ser cierta esa versión que el diario atribuye a fuentes de la investigación, la primera y más evidente conclusión es que estamos ante una actuación policial sin ningún control, un desbarajuste en el que, al parecer, nadie, ni agentes ni mandos al cargo, sabe quién o quiénes manejaron al menos siete escopetas. Si ninguno de los cincuenta agentes que intervinieron aquella noche es capaz de aclarar un aspecto tan elemental como la utilización de las herramientas más peligrosas de las que disponen, la esperanza de una resolución satisfactoria del caso, con esclarecimiento de responsabilidades, se diluye en el fárrago de un proceso que ya está siendo demasiado largo y sospechosamente complicado. Las fuentes que informaban al periódico señalaban que los tres agentes que han reconocido que dispararon enfrentarán el proceso con abogados distintos al resto de sus compañeros puesto que existe una disparidad de intereses. Es decir, que el que debiera ser interés único, el esclarecimiento de la verdad, cede ante los intereses particulares, o sea, sálvese quien pueda a costa de lo que sea. No es descabellado sostener que, en el mejor de los casos, tenemos una Policía que no sabe investigarse a sí misma; si nos ponemos en lo peor, tendríamos que admitir que no quiere investigarse porque prefiere no depurar sus propias responsabilidades.

En este escenario son perfectamente comprensibles las manifestaciones de Manuel Cabacas, el padre de la víctima haciendo pública sus sospechas por el comportamiento que mantenido el departamento de Interior desde que ya en el primer momento difundió una versión de los hechos rayana con lo fantástico.

Banderas del Athletic en el lugar donde cayó muerto Iñigo Cabacas

Banderas del Athletic en el lugar donde cayó muerto Iñigo Cabacas

Los nuevos responsables políticos que saldrán de las urnas el próximo día 21 tienen en el caso Cabacas una primera e ineludible tarea que resolver. Aunque el asunto esté en los tribunales, a nadie se le escapa que el impulso político, que hasta ahora ha brillado por su ausencia interesadamente, es primordial para avanzar en este tipo de situaciones.

El mismo día en el que se cumplía medio año de la muerte de Iñigo Cabacas se ha hecho pública la sentencia del juicio al seguidor del Betis que el 15 de marzo de 2008 alcanzó con una botella de agua a Armando en el transcurso del partido Betis-Athletic correspondiente a la Liga de aquella temporada. Cuatro años después el agresor ha quedado absuelto al estimar el juez que no ha quedado probado que su intención fuera agredir al portero del Athletic. El hecho de que el individuo bajara desde la útima fila de la tribuna donde se encontraba, hasta la primera, como se aprecia en el video y no a la cuarta como dice la sentencia, y que arrojara la botella en un momento en el que Armando estaba cerca de la línea de fondo y sin la protección de la propia portería, no parece suficientemente probatorio de las intenciones del agresor.

La sentencia pasa a engrosar la extensa lista de decisiones judiciales de difícil comprensión para el común de los mortales. Al margen del excesivo tiempo transcurrido entre los hechos y la resolución judicial, nada menos que cuatro años, la aplicación del principio ‘in dubio pro reo’ favorece al encausado de una manera exagerada desde una perspectiva de puro sentido común. Es probable que en términos de estricta técnica jurídica, para el juez no hayan quedado demostradas las intenciones de un tipo que se tomó la molestia de bajar una grada entera y arrojar una botella llena de agua y cerrada al futbolista del equipo contrario que más cerca tenía, tan probable como que el juez será el único ciudadano de este mundo capaz de hilar tan fino a la hora de calibrar las intenciones ajenas.

Esta sentencia no se comprendería en Inglaterra, por ejemplo, un país que tras sufrir lo peor del gamberrismo relacionado con el fútbol ha sabido solucionar el problema de una manera ejemplar. Que a un individuo se le ocurra arrojar un objeto a un deportista es de por sí, un hecho lo suficientemente grave como para merecer una sanción, al margen de que su intención última fuera hacer puntería en la cabeza de Armando o símplemente comprobar hasta qué distancia podía llegar con su lanzamiento. De hecho, los espectadores más próximos, así lo entendieron reteniéndole hasta la llegada de los miembros de la seguridad del Benito Villamarín. Sentencias como la que acabamos de conocer dejan traslucir la impresión de que arrojar un objeto en un campo de fútbol es algo razonablemente aceptable, parte del espectáculo, siempre y cuando uno no albergue la intención cierta y probada de volarle la cabeza a un futbolista.

El Athletic pidió tres años para el acusado y la Fiscalía, dos. Probablemente la sentencia será recurrida. Veremos.

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