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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

¡Viven!



Los jugadores del Athletic celebraron el triunfo como si fuera una final. Foto AC

En condiciones normales y con un Athletic más normal, lo de anoche hubiera sido una victoria cómoda a domicilio, de esas que caen por su propio peso cuando las cosas ruedan como es debido. Ocurre que estar en descenso no es una circunstancia habitual para el Athletic, y que este equipo tampoco está teniendo un comportamiento ni medio normal este año. Así que el partido ante el Celta fue como una prueba de esfuerzo de esas que te hacen los cardiólogos para ver cómo tienes el corazón. Decenas de miles de corazones rojiblancos se pusieron a prueba anoche con este Athletic que hasta en una de sus actuaciones más sólidas de la temporada, se empeñó en caminar sobre el alambre haciendo perder años de vida a sus seguidores. Si el empate en la última jugada del primer tiempo ya fue como para comer cerillas, el remate prácticamente a bocajarro que concedió la defensa rojiblanca en el minuto 95 fue una broma cuya gracia solo puede ser superada por alguien que reviente un globo al lado de un artificiero en plena tarea.

Fueron los dos únicos remates del Celta en todo el partido. El equipo gallego apenas pudo acercarse al área de Herrerín gracias al magnífico trabajo coral de todo el Athletic. La apuesta de Garitano fue todo un éxito. Su equipo fue, por fin, un bloque homogéneo, equilibrado y sólido, capaz de defender y atacar con orden y sentido común, superior a su rival en todas las parcelas del campo y seguro de sí mismo salvo en las dos acciones ya comentadas, que habrá que aceptar como un mal propio de los equipos en apuros, y el Athletic está en apuros, no lo olvidemos, pese a los tres puntos de Balaídos.

El Athletic llegó al partido con la soga al cuello, pero se ve que el Celta también está siendo presa de la ansiedad. Al Celta se le hace de noche cuando no dispone de la luz de Yago Aspas. La ausencia del goleador era un motivo de esperanza para el Athletic y el transcurso del partido dejó claro que la esperanza era más que fundada.

Los esquemas y las tácticas funcionan muy bien en la pizarra. No se conoce un entrenador que pierda un partido moviendo las fichas imantadas en el tablero. El problema empieza cuando las fichas imantadas se convierten en futbolistas de carne y hueso y el tablero, en césped. Esta vez los hombres de Garitano no decepcionaron a su entrenador. Todos cumplieron con creces con su cometido; desde los defensas firmes y sólidos, digamos que en 95 de los 96 minutos que duró el partido, los centrocampistas ganándose una medalla al mérito del trabajo y los de vanguardia, dando un master de jugar al contrataque.

La velocidad de Williams y los espacios que dejaba el Celta fueron como el hambre y las ganas de comer. El trabajo de hormiguita de un Córdoba que vuelve a parecerse al extremo que tantas ilusiones despertó en sus primeros partidos, y la actuación de un Muniain motivadísimo y ejerciendo de capitán, fueron determinantes en el partido, no solo por los goles, que al fin y al cabo, son lo que más importa, sino por su capacidad de sacrificio, como primera línea de defensa y la determinación con la que miraron siempre a la portería contraria.

La puesta en escena del Athletic fue la de un equipo convencido de que iba a conseguir una victoria imprescindible. El partido se jugó casi siempre en campo del Celta porque Dani García pasaba y repasaba la escoba en el centro del campo, barriendo todos los balones para servirlos siempre en condiciones.

Y cuando no se jugaba en campo del rival era casi mejor, porque el Celta dejaba a su espalda espacios que eran una invitación a la contra. El primer gol del Athletic nació en la frontal del área de Herrerín. Desde allí envió un servicio Capa para la carrera de Williams. La novedad en este caso fue que Iñaki, además de correr, supo esperar, recortar, mirar y servir un centro al área pequeña para el remate a bocajarro de Muniain que venía reclamando el pase desde veinte metros antes.

El Celta, que no había dado más señales de vida que un saque de falta que Maxi estrelló en el poste, no encontró la manera de aproximarse a Herrerín, pese a que el Athletic cedió metros tanto por buscar situaciones de contrataque como por instinto de supervivencia. Si había sensación de peligro en algún sitio, era en el área del Celta. De hecho, en el minuto 45 Córdoba no llegó por centímetros a un centro de Beñat que cruzó a medio metro de la portería de Rubén Blanco. Pudo ser el 0-2. En la jugada siguiente, ya en el minuto de prolongación, el Celta forzó un corner y Beltrán remató a la red en el segundo palo tras una peinada de Maxi. Otra vez el último minuto; otra vez un balón parado mal defendido; otra vez el desastre inmerecido. El Athletic se fue al vestuario con la cara de los condenados.

Pero parece que algo está cambiando en este equipo de la mano de Garitano. Lejos de amilanarse, los leones regresaron dispuestos a corregir el borrón de última hora. Lo consiguieron pronto, a los nueve minutos de la continuación. Más que una jugada propiamente dicha fue la sublimación del juego de contrataque, el sueño húmedo de esos entrenadores que buscan el golpear y cubrirse como un boxeador. Herrerín sacó largo de puerta, el balón superó a los centrales celestes y llegó a los pies de Williams que ya venía lanzado en carrera. Iñaki volvió a ser capaz de correr y pensar al mismo tiempo; se perfiló en la carrera, levantó la cabeza para ver qué hacía el portero, y cruzó con precisión sobre su media salida. Pim, pam. De portero a delantero, carrera y gol. Los de la cofradía del tiqui-taca no lo entenderían ni haciéndoles un dibujo.

Quedaba lo peor, claro, una eternidad de más de media hora que todos sabíamos que se haría haciendo más angustiosa a medida que avanzaran las manecillas, como en una película de Hitchcock. Al seguidor del Athletic no le importaba demasiado que su equipo siguiera mandando en el partido cada vez con más autoridad; que todo el mundo viera más cerca el tercer gol de los rojiblancos que el empate del Celta. Herrerín estaba de vacaciones mientras que los leones seguían merodeando el área rival. El seguidor rojiblanco no hacía más que ver malos augurios en cada detalle. La retirada de Williams primero, la lesión de Dani García después, los gestos de agotamiento de Beñat, alguna salida de tiesto de Yuri. El seguidor del Athletic leía en las entrañas del partido y veía una catástrofe en el último minuto. Cuando el árbitro anunció una prolongación de seis minutos, más de uno se fue a buscar una cuchilla o una buena soga. Afortunadamente, esta vez el Athletic había agotado su cupo de mala suerte en el último minuto del primer tiempo. Hubo susto, y mayúsculo, en el minuto 95, pero se quedó en eso, en un susto que sirvió para que el personal hiciera un rápido repaso del árbol genealógico de alguno. Esta vez los tres puntos se quedaron en el casillero del Athletic. Y nadie podrá decir que no los ganó a pulso.

 

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