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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Pedro Aurtenetxe, el presidente de una época crucial



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Pedro Aurtenetxe pasará a la historia del Athletic por ser el presidente de los títulos de los ochenta y la gabarra. Pero bajo su presidencia pasaron muchas cosas en el club y en el fútbol. Aquella fue la década de los grandes cambios en este deporte, sobre todo en aquello que se desarrolla más allá de los terrenos de juego.

Aurtenetxe llegó a la presidencia en 1982, por primera vez por sufragio universal entre los socios, una democratización de la vida del club que llegó de la mano de su antecesor Beti Duñabeitia, con quien fue directivo, y se fue en 1990, después de ocho años en los que el club vivió en una casi constante convulsión, con tres títulos que precedieron a la que fue la fractura más grave de su historia, causada por el affaire Clemente-Sarabia, que dejó unas secuelas que se prolongaron durante años, incluso más allá de la salida de los protagonistas

Bajo su mando el Athletic ganó dos Ligas y una Copa, los últimos grandes títulos que figuran en las vitrinas de club. San Mamés estrenó la remodelación que sufrió para ser una de las sedes del Mundial y el Athletic se hizo con su magnífica sede de Ibaigane. También se estrenó el nuevo himno. La buena gestión económica permitió además que el club quedara exento de la obligación de convertirse en sociedad anónima.

Pero también se produjo la desaparición del derecho de retención, lo que provocó las primeras fugas de futbolistas importantes contra la voluntad de un club que tardó en reaccionar a un cambio de tanto calado, aferrándose a un pasado que ya no volvería. Los cambios normativos y la crisis entre el entrenador y la estrella aceleraron el desmantelamiento prematuro del equipo campeón e hicieron imposible una transición tranquila.

Sin la garantía de aquellos contratos en los que el club podía imponer la renovación a cambio de un pequeño porcentaje de subida de ficha, los tiburones que ya empezaban a llegar al fútbol acabaron con el statuquo vigente hasta entonces. El estrés de un vestuario obligado a tomar partido y enfrentado a los dirigentes del club, el dinero fresco que ofrecían otros equipos y el lógico cansancio después de los títulos, acabaron con un equipo campeón que no tenía relevo. El nombramiento de un mito como Iribar en el banquillo quiso paliar aquella situación, pero la solución no fue eficaz. El laureado Kendall vino a continuación para lo mismo y el inglés buscó una solución en Lezama, donde encontró a los Lakabeg, Mendiguren, Garitano y Urrutia. Pero el club había entrado en una vorágine, urgido por la necesidad de resultados que dieran continuidad a aquel comienzo de década glorioso y presa de un cierto vértigo ante lo desconocido, y Aurtenetxe no dudó en romper la baraja para contratar a Loren pagando 300 millones de pesetas, una fortuna para la época.

Los nuevos tiempos pillaron al Athletic a contrapié. Nadie en el club ni en su entorno quiso darse cuenta de que fútbol estaba cambiando a una velocidad de vértigo. El Athletic fue el último en colocar publicidad en las camisetas. Pedro Aurtenetxe, propietario de una de las agencias de publicidad de referencia en Bilbao, consideraba que “manchar la camiseta del Athletic” tenía un precio que nadie podía pagar. Eran tiempos en los que todavía conceptos como el valor de los colores y el escudo tenían un significado que iba mucho más allá de lo retórico.

Pedro Aurtenetxe fue un hombre cercano y brillante en las distancias cortas, dueño de una ironía a veces incomprensible para el interlocutor y fuente inagotable de sentencias que había que digerir para entender su significado último. De él decíamos que para las 10 de la mañana ya había pensado más que el resto del mundo durante todo el día, así que siempre nos llevaba ventaja.

Fue un gran aficionado al fútbol, por encima de todo, con criterio y conocimiento de los intríngulis del mundillo. Personalista en su gestión, como todos los presidentes al fin y al cabo, supo sin embargo, rodearse de un equipo directivo al que hacía sentirse útil, cada uno en su faceta.

Se apoyó sobre todo en el gerente Fernando Ochoa para el trabajo en los despachos, y confió ciegamente en Piru Gainza en todo lo relacionado con la faceta deportiva. Siguiendo su consejo, promocionó a Clemente desde el Bilbao Athletic al primer equipo cuando el técnico no tenía más credencial que una corta carrera como futbolista truncada por una grave lesión, y una hoja de servicios en los banquillos prácticamente en blanco.

Fue el último gran presidente de la vieja escuela, un estilo (a Aurtenetxe se debe también el eslogan ‘gure estiloa’ que resume la forma de ser del club) que ahora despierta la añoranza de un fútbol más cercano, más humano y, en el caso del Athletic, tan familiar que nos conocíamos todos, un fútbol en el que no era noticia ver a un presidente jugando una partida de mus de pareja con el entrenador, contra un futbolista y el masajista, en la sala de espera de cualquier aeropuerto, mientras periodistas y fotógrafos asistíamos a la partida callados y repartiendo tabaco, como dice la norma que debe ser.

 

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